La circulación y atribución de representaciones sobre la historia
faraónica en el cine del siglo XX: una discusión acerca de las
intencionalidades del género péplum en las películas «Sihuné, el
egipcio» (1954) y «Faraón» (1966)
Anuario Nº45, Escuela de Historia
Facultad de Humanidades y Artes (Universidad Nacional de Rosario), 2026
ISSN 1853–8835
Si bien en el filme polaco no se explicita la muerte de Ramsés XIII y el ascenso
político de Herhor, esto sí ocurre en la novela de Bolesław Prus, más
específicamente al final del capítulo sesenta y seis. Ya en el inicio del sesenta y
siete, podemos leer lo siguiente:
Desde la muerte de Ramsés XIII hasta el día de sus funerales gobernó el país,
como sumo sacerdote del templo de Amón tebano, el sucesor del difunto rey,
su dignidad San-amen-Herhor. (…) En el mes de Tobi (octubre-noviembre), una
vez que la momia de Ramsés XIII hubo sido depositada en las cavernas
reales, en el templo de Amón tebano se reunió una gran asamblea de las
personas más prominentes. (…) Los presentes, con pocas excepciones,
repitieron el grito y simultáneamente el juez supremo trajo en una bandeja de
oro dos coronas: una blanca, la del Alto Egipto, y una roja, la del Bajo Egipto.
El sumo sacerdote de Osiris tomó una corona, el sumo sacerdote de Horus la
otra y se las entregaron a Herhor, quien, después de besar la serpiente de
oro, se las colocó en la cabeza. (…) Luego se firmó el acta donde los
participantes en la elección pusieron sus rúbricas y desde ese momento San-
amen-Herhor se convirtió en Faraón legítimo, dueño de ambos mundos, como
también de la vida y de la muerte de sus vasallos (Prus, 2014 [1897]: 683-
685).
Hasta aquí, vemos cómo la historia ficcional de «Faraón» es una representación
historiofótica a grandes rasgos más adecuada del período histórico en el que se
ubica, en comparación con lo que puede comprobarse con «Sinuhé, el egipcio».
Más aún, así como en esta última hemos podido constatar una representación
estereotipadamente fastuosa, exotizadora y anacrónica afín al orientalismo
saidiano, ya se trate de los escenarios o del vestuario, con el filme de
Kawalerowicz nos hallamos en las antípodas representativas. Egipto ya no se
muestra como una alteridad exótica, sino como un mundo cercano, tanto como
lo son los restos arqueológicos accesibles a quienes deseen visitarlos. En efecto:
En Faraón (versión original o doblada) no podrá disfrutar con las habituales
y simpáticas barbaridades sobre el antiguo Egipto, pero, a cambio, sentirá la
arena del desierto bajo sus pies y el peso de la historia sobre su cabeza. Como
dice Quim Casas, la película está poseída por el color terroso del polvo del
desierto. Faraón renuncia al fasto visual (al menos, el fasto tal y como lo
entendía el viejo Hollywood) para introducirse en la mente y el cuerpo de sus
personajes. Déjese llevar. Lleve puesta una gorra y calzado cómodo (Alonso,
Mastache & Alonso Menéndez, 2010: 215).
La cita de arriba nos habla, ante todo, de un naturalismo representativo. Se
empleó la experticia del egiptólogo polaco Kazimierz Michałowski como
consultor histórico, para quien el mundo de los antiguos egipcios no era algo
anclado en el pasado, sino que era aún accesible en la contemporaneidad, a
través del modo en que fue revelado por la arqueología. Por ello, siguiendo esta
postura inicial, se quiso mostrar un Egipto que no prescindía de los efectos del
paso del tiempo –haciendo ostensible el estado actual de los sitios