El estatus de la infancia en la agenda internacional del movimiento
de derechos humanos en los 70’
Isabella Cosse
Anuario Nº44 / ISSN 18538835 / 2026
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El estatus de la infancia en la agenda
internacional del movimiento de
derechos humanos en los 70’
The place of Childhood on the International agenda of the
Human Rights Movement in the 1970s
ISABELLA COSSE
Universidad Nacional de San Martín
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
isabella.cosse@gmail.com
RESUMEN
Este artículo analiza el lugar de la niñez en las acciones e intervenciones políticas y
simbólicas de Amnesty International, organización crucial en la expansión del
paradigma de los derechos humanos a escala global, en los años 70. Identifica las
diferentes etapas del proceso de conocimiento, percepción y atención ante la violencia
ejercida contra niños y bebés por el terrorismo de Estado en Argentina. Sostiene que en
esos años se produjo un reconocimiento creciente de la niñez en las denuncias del
sistema de derechos humanos, surgido en el cruce de la sensibilidad hacia la infancia,
las estrategias de denuncia y la agenda del Año Internacional de la Infancia de 1979.
Entiende que tales etapas constituyen un momento inicial de visibilidad de la condición
de los bebés y niños/as que sufrieron la represión de Estado, un reclamo que está
abierto y tiene gran relevancia en la actualidad.
Palabras clave: infancia, derechos humanos, represión, Argentina.
ABSTRACT
This article reconstructs the political and symbolic actions and interventions concerning
children, focusing on Amnesty International in connection with human rights
organizations in Argentina in the late 1970s. This paper identifies different phases in
the awareness, perception, and attention given to violence against children and infants
perpetrated by state terrorism in Argentina. It argues that, in this process, the visibility
of children and infants increased, reaching a turning point with the International Year
of the Child in 1979. These stages were an initial moment of visibility and
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problematization about the place of children under repression, which is still an open
and challenging issue today.
Keywords: childhood, human rights, repression, Argentina.
Introducción
1
El 6 de enero de 1976, Amnesty International, con sede en Londres, informaba sobre
la represión contra familiares de Roberto Santucho, líder del Partido Revolucionario
de los Trabajadores y el Ejército Revolucionario del Pueblo. La llamada “Acción
Urgente” (un pedido de intervención rápida al conjunto de los activistas) decía:
Nueve adultos y once niños fueron detenidos de manera extraoficial. Los niños
fueron liberados diez días después, aunque no se hizo ninguna declaración oficial
sobre la detención ni sobre la liberación. Se cree que los adultos siguen detenidos y
en peligro de sufrir malos tratos o ser asesinados.
2
Se desconocía dónde habían estado los niños y se presumía que habían sido llevados
a un centro de torturas en una dependencia de la policía. Hoy sabemos que los nueve
chicos, cuyas edades iban de 11 meses a 15 años, pasaron una noche dentro de un
auto y las siguientes en un centro clandestino, el llamado “Pozo de Quilmes”. Habían
sido secuestrados por un grupo de tareas el 8 de diciembre de 1975. Ellos eran Ana
Cristina, Marcela y Gabriela, (de 14, 12 y 11 años, respectivamente), las hijas
mayores de Ana María Villareal y Roberto Santucho, el hijo menor de éste con su
segunda pareja (Liliana Delfino, Mario de 9 meses) y María Ofelia, María Susana,
María Silvia, María Emilia (que con 15, 14, 13 y 10 años, eran sobrinas de Santucho
e hijas de su hermano Asdrúbal, quien había sido asesinado poco antes), junto a su
madre, Ofelia Paz Ruiz (la única adulta) y Estaban Abdón (con 4 años recién
cumplidos), hijo de otro militante. Estas víctimas recién en 2020 fueron escuchadas
1
Este artículo retoma el texto “Human Rights and the Status of Children as Victims in the Late
Cold War” publicado en Cold War History, (23) 3, 2023. Le agradezco los comentarios a los
evaluadores de entonces y ahora al igual que a Carla Villalta y los integrantes del Grupo de
Investigación Historia de las Familias y las Infancias en la Argentina contemporánea (IIEGE, FFyL,
UBA) a una versión anterior. También estoy agradecida con la Fundación Gerda Henkel por su
apoyo al proyecto.
2
Amnesty International Archive, International Institute of Social History, Amsterdam. (en
adelante, AI y AIA-IISH) Amnesty International (1976). Argentina Latest Abductions, Urgent Action
1/76, cajas 928-36. Traducción mía. Mantengo la denominación en inglés para dejar claro que
me refiero a la oficina de Londres, una de las dos sedes centrales por entonces.
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por la Justicia, cuando María Ofelia Santucho (la mayor del grupo)
entabló una querella contra el jefe del operativo, Carlos Antonio Españadero, del
Batallón 601 de Inteligencia del Ejército.
3
Cuando Amnesty International lanzó esta Acción Urgente, Argentina estaba a solo
dos meses del golpe militar cuya inminencia era ampliamente conocida. No era
ningún secreto que el Estado utilizaba la tortura, el asesinato y la desaparición para
reprimir a sus opositores. Sin embargo, la desaparición forzada como práctica
sistemática aún se estaba perfeccionando y, en ese momento, las organizaciones de
izquierda no podían imaginar la rapidez con la que serían diezmadas (véase, Crenzel,
2008; Carnovale, 2011; Aguila, 2023). Tampoco imaginaban que, con el fin de
exterminarlas, el Estado recurriría al secuestro, la tortura y la apropiación de bebés
y niños. En los años siguientes, trágicamente, esos crímenes terminaron asociados
con la Argentina a escala mundial. Los mismos fueron cometidos por las fuerzas
represivas del Estado, vinculadas a las estrategias, alianzas y retórica de la Guerra
Fría, utilizadas para erradicar a las fuerzas revolucionarias y sofocar toda disidencia
política, social y cultural.
Hoy sabemos que la represión en Argentina utilizó diferentes formas represivas
ejercidas de forma directa contra los niños y los bebés. Sus efectos marcaron su vida
con sufrimientos indelebles a raíz de la violencia física y psicológica ejercida contra
ellos en la persecución, en el contexto de prisión y cautiverio, y la captura, el
secuestro de progenitores, familiares y de ellos mismos. En esa última situación,
algunos niños y bebés fueron dejados con vecinos, abandonados en las calles o
ingresados en institutos de menores o de beneficencia. Pero, en otros casos, los
pequeños fueron secuestrados y entregados en forma violenta, secreta e ilegal a
familias vinculadas, en numerosas ocasiones, con las fuerzas represivas, cuando no
los apropiaron integrantes de los grupos de tareas que los habían capturado a ellos
y a sus madres y padres. Muchos bebés nacidos en cautiverio sufrieron el mismo
destino. Las estimaciones de las Abuelas de Plaza de Mayo ascienden a quinientos
niños y bebés secuestrados. La estrategia tuvo diferentes objetivos. Fue parte del
ocultamiento de los crímenes. También apuntó a garantizar que los niños fuesen
criados en los valores dictatoriales y, además, tuvo por objetivo infringir una derrota
política y simbólica a las organizaciones revolucionarias (Villalta, 2012; Regueiro,
2012; Laino Sanchís, 2020). Esa apropiación implicaba apoderarse de la
descendencia de una generación militante para la cual la infancia tenía especial valor.
Los niños condensaban la conexión amorosa entre la pareja militante y la
organización, las razones para cambiar el mundo y hacer la revolución. Eran los
protagonistas del futuro revolucionario (Cosse, 2025).
3
El juicio se consustanció en el Tribunal Oral en lo Criminal Federal 6, presidido por Rodrigo Giménez
Uriburu en la causa 3993/2007/TO3 Buenos Aires, 15 de octubre de 2021. El acusado Carlos Antonio
Españadero, a cargo de la operación, recibió la pena de 16 años de prisión.
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Conocer estos hechos, que ahora pueden resumirse en un párrafo, fue un proceso
arduo para todos los involucrados tanto para las ctimas y sus familiares como para
el movimiento de derechos humanos. En 1976, al perpetrarse los primeros secuestros
de niños, se disponía de poca o ninguna información. Las madres que buscaban con
desesperación a sus hijos e hijas, al encontrarse en hospitales, comisarias y
batallones, notaron que, en algunos casos, también buscaban a sus nietos y nietas.
Comenzaron a reunir fuerzas en común y formaron las organizaciones de Madres de
la Plaza de Mayo y, luego, de Abuelas de la Plaza de Mayo. Por entonces, las oficinas
de Amnesty International en Londres estaban desbordadas por las denuncias
procedentes de Argentina, Chile y Uruguay. Dichas denuncias eran parte del
engranaje que expresó y, a la vez, nutrió la hegemonía de los derechos humanos en
los años setenta. Su matriz se volvió dominante en el lenguaje y la imaginación
política. El rechazo a la violencia poscolonial en Asia y África, y a las feroces
dictaduras latinoamericanas, canalizó una nueva sensibilidad y un nuevo activismo
político, capaz de nuclear a disímiles actores de carácter transnacional, con efectos
cruciales sobre las identidades y las estrategias políticas a escala nacional, regional
e internacional (Markarian, 2005; Moyn, 2012). Las Madres y Abuelas de Plaza de
Mayo establecieron una alianza con dicho movimiento humanitario en términos
políticos, económicos y emocionales (Keck y Sikkink, 1998, Crenzel, 2008; Laino
Sanchís, 2020). De modo tal que el escenario internacional constituyó un frente
decisivo de la confrontación a los gobiernos dictatoriales en el Cono Sur (Guest, 1990;
Lloret, 2019). Y, al mismo tiempo, las organizaciones de derechos humanos del Cono
Sur tuvieron un papel crucial en la agenda del activismo global (Markarian, 2005;
Moyn, 2012).
Para abordar el estudio de las estrategias de este movimiento frente a los crímenes
sufridos por los bebés, niños y niñas parto de entender la paradoja de que las
sociedades occidentales han sacralizado a la niñez y, a la vez, han creado nuevas
violencias (encierros, separación de las familias, traslados compulsivos) ejercidas en
su contra, con frecuencia, legitimadas en su supuesta salvación. Esta dualidad fue
central en la expansión imperial y colonial y de los estados nacionales, que hicieron
de los niños un “botín de guerra” (Stoler, 2010; Milanich, 2024). Sin embargo, recién
a raíz de las guerras vividas en Europa, la preocupación por la violencia ejercida sobre
los niños adquirió entidad y generó plexos normativos a escala internacional (Cosse,
2006). Fue, de hecho, luego de la Segunda Guerra Mundial, cuando se aprobó la
Declaración de los Derechos del Niño en 1959 (Zahra, 2012). Ese marco fue renovado
cuatro décadas después con el nuevo paradigma de derechos creado por la
Convención Internacional de Derechos de los Niños y las Niñas (1989), como veremos
a continuación (D’Costa, 2015).
Sabemos que las Abuelas de Plaza de Mayo tuvieron una intervención decidida en la
confección de los artículos relativos a la identidad de los niños aprobados por la
Convención (Villalta, 2012; Laino Sanchis, 2020). También, sabemos la importancia
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de las figuras de la infancia en las luchas por los derechos humanos
en la transición. Esto quedó de relieve con las luchas de Abuelas o el viaje de más de
un centenar de niños y niñas exiliados a Uruguay en 1983 (además de los trabajos
anteriores, véase, Lastra, 2016 y 2021; Alberione, 2021) y el surgimiento de nuevos
saberes expertos (psicología, medicina, educación) en Europa y América Latina para
atender los sufrimientos producidos por la represión vivida por los niños, niñas y
adolescentes en el Cono Sur, como ha comenzado a investigarse (Lastra, 2016 y 2021;
Alberione, 2021; Parisí, 2021; Falcón, 2024).
A pesar de estos avances, aún tenemos un conocimiento inicial de ese proceso y
quedan muchas preguntas por responder. ¿Cómo y cuándo se empezó a considerar
a los niños víctimas de las violaciones a los derechos humanos y sujetos que
requerían de la protección de las organizaciones que los defendían? ¿Cómo concebían
las organizaciones de derechos humanos a los niños y la infancia y cómo influyeron
esas percepciones en sus estrategias? Con estas preguntas este texto apunta a
pensar la construcción del conocimiento sobre tal violencia represiva en la agenda
internacional del movimiento de derechos humanos, que articuló las denuncias en
Argentina y el activismo a escala global, como hizo Amnesty International, organismo
clave en la construcción de la hegemonía del lenguaje de derechos humanos y de las
estrategias de las denuncias por los crímenes de lesa humanidad en el Cono Sur.
Con esta intención, recurrí a la documentación de la sede londinense de Amnesty
International cuyo archivo consulté en forma extensa y en persona y de las
organizaciones argentinas de derechos humanos, a la vez que a artículos de prensa,
informes y testimonios de militantes y activistas de la época. El análisis diferencia a
la infancia en tanto categoría histórica y cultural, de los sujetos (bebés, niños y niñas,
adolescentes) de carne y hueso, entendiendo que estos tienen grados variables de
dependencia y agencia en función de la trama siempre móvil de un abigarrado haz
de fenómenos. Entre esas múltiples dimensiones sobresalen las construcciones
socioculturales en torno a la edad y las relaciones de poder vividas por niños/as y su
grupo social, que adquirieron especial densidad en las vivencias extremas de bebés,
niños y niñas, víctimas de la represión de Estado.
¿Dónde están los niños?
El 24 de noviembre de 1976, la profesora de secundaria María Isabel de Mariani
esperaba a su nuera, Diana Teruggi, para que le dejara a su nieta pequeña, Clara
Anahí. De pronto, escuchó la explosión. En ese momento, no imaginó que proviniese
de la casa donde vivía la familia de su hijo, militante de Montoneros al igual que
Diana. La casa fue bombardeada por las fuerzas de seguridad del Estado cuando
Diana, Clara Anahí (la beba) y cuatro compañeros de militancia estaban en su
interior. Las noticias informaron que todos quienes se encontraban dentro habían
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muerto y los cuerpos habían quedado calcinados, irreconocibles. Sin embargo, María
Isabel supo, más tarde, que los militantes habían sido asesinados a tiros. Las fuerzas
armadas se negaron a entregar los cuerpos a las familias y les dijeron que no
buscaran a la bebé porque estaba muerta. Algún tiempo después, recibió una
llamada telefónica de alguien que afirmaba que su nieta estaba viva, lo que logró
confirmar extraoficialmente por un jefe de policía. María Isabel comenzó una
búsqueda que continuaría hasta su muerte. Clara Anahí sigue sin aparecer, sigue
siendo buscada (reconstrucción basada en OEA-CIDH, 1980).
La historia de Clara Anahí se volvió un símbolo. Revela la magnitud de la violencia
que el Estado desató contra los grupos armados, así como el impacto físico y
psicológico de esa violencia en los niños. También permite pensar que los militantes
políticos y sus familiares no habían imaginado que la represión pudiera someter a los
niños a la misma violencia que a los adultos. Al recorrer hospitales, comisarías,
cuarteles, iglesias, los familiares se fueron dando cuenta, con desesperación, de que
nadie les daba información. Las mujeres tomaron la iniciativa en las búsquedas y las
denuncias. Creyeron que estaban protegidas por su condición de madres (Filc, 1997).
Fueron recogiendo datos contradictorios. Muchas fueron enterándose que algunas
personas desaparecidas habían podido llamar a sus familias. Esto les dio esperanza
de que sus seres queridos regresarían, o serían acusados formalmente y
reaparecerían en una prisión legal. También querían creer que los bebés y los niños
y niñas capturados con sus madres o padres serían devueltos, y que les serían
entregados los bebés que, según imaginaban, debían haber nacido luego de la
captura de las hijas (Regueiro, 2012; Villalta, 2012; Laino Sanchís, 2020).
Pensemos esa situación y notemos que la incertidumbre era completa y la
información en extremo fragmentaria. Según María Isabel Mariani, no podía creer lo
que estaba viviendo. Durante mucho tiempo pensó que ella no podía encontrar a la
nena porque no sabía buscarla (Nosiglia, 1985: 17-41). Didier Fassin (2018)
denomina un intolerable social a aquellas situaciones que repugnan tanto a la razón
como a los sentimientos que violentan aquello que en cada sociedad hace a la
integridad de un ser humano . En ese sentido, para estas abuelas, el secuestro de los
niños y los bebés suponía reconocer que la represión de Estado, ese poder que ellas
estaban enfrentando, era de una crueldad desmedida (Cosse, 2022). Mostraba que
había traspasado la frontera tras la cual se erigía la inhumanidad completa, que sus
fuerzas eran capaces de una crueldad extrema, aún más espantosa por estar dirigida
contra niños.
En 1976, el número de denuncias provenientes de Argentina era tal que la oficina de
Amnesty International en Londres debió crear nuevos procesos internos para facilitar
que fuesen procesadas. El organismo, creado quince años antes, estaba prestando
atención a la Argentina y al Cono Sur desde tiempo atrás y ese año estaba
desarrollando una campaña contra la tortura en Uruguay, la primera campaña
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focalizada en un país, como ha estudiado Markarian (2005) y luego
visitaría Argentina.
4
Imagen 1. La acción urgente llamaba al activismo de la organización a iniciar reclamos ante las
autoridades con poder en los casos de personas en riesgo y denunciarlos en la prensa internacional.
Fuente: Amnesty International Archive, International Institute of Social History (IISH), Caja 444-449.
Los niños aparecían en muchas Acciones Urgentes. Existía una especial
preocupación por entender qué estaba sucediendo con ellos. La organización poseía
un nomenclador para los diferentes tipos de violación a los derechos humanos, que
se iba haciendo cada vez más detallado. Sin embargo, ese nomenclador carecía de
una categoría para denunciar la desaparición de niños. En forma sintomática, esto
cambió en los años siguientes en los que se produjo una elaboración sobre qué
acontecía con los niños, que no fue inmediata, y una toma de posición política ante
ello. Esto supuso diferentes momentos. Observemos ese proceso.
Inicialmente, la producción de conocimiento sobre lo sucedido con los niños y los
bebés era parte del esfuerzo por entender el accionar de la represión en su conjunto.
Consideremos brevemente cuál era el estado de situación en 1976 con el ángulo de
Amnesty International. El seguimiento del caso uruguayo mostraba la colaboración
regional de las fuerzas represivas y el peligro corrido por los refugiados políticos
chilenos y uruguayos en Argentina.
5
Resultó claro, además, en firma rápida que las
desapariciones cobraban un estatus singular. Esta percepción primero fue referida a
4
AI (23 de junio de 1976). “Urgent Action Structure”, NS 116/76, cajas 449-66, AIA-IISH.
5
AI (14 de diciembre de 1977). “To All National Sections Argentina Co-Groups and Other Groups
Working on Latin America Refugees”, Índice 13/08/77, AIA-IISH. AI (28 de febrero de 1977). Campañas
en Chile y Argentina: directrices para la coordinación de acciones, AMR 01/01/77, cajas 449-66, AIA-
IISH.
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Chile, pero, luego, fue evidente que el método adquiría entidad específica y
sistemática en Argentina. Su conocimiento se volvió un desafío prioritario. Esto
suponía operar sobre el objetivo mismo de la desaparición: ocultar la responsabilidad
estatal e institucional (Crenzel, 2008). Conocer mejor este fenómeno se convirtió en
una prioridad para Amnesty International y para el conjunto de las organizaciones
de derechos humanos.
Recordemos que las propias Fuerzas Armadas propagaron la idea de que las
desapariciones habían sido el resultado de bandas fuera de control. Al dar el golpe
de Estado, de hecho, prometieron terminar con la violencia de izquierda y de derecha.
Esta visión fue reproducida en la prensa internacional en los momentos inmediatos
posteriores al golpe. Este, incluso, fue presentado por ciertos medios como un alivio,
ante el caos de violencia y descontrol vivido en Argentina (Franco 2018). De allí que
fuese clave que las denuncias probasen el secuestro y reconstruyesen quiénes lo
habían cometido. Cada detalle contaba para discernir y probar la participación de las
Fuerzas Armadas y el carácter orgánico y estatal de la represión. Para ello, cada
indicio era importante al igual que dar cuenta de que existía un amplio abanico de
víctimas que no integraban las organizaciones armadas. No es casual, entonces, que
tempranamente, las denuncias hayan subrayado tres elementos: la coordinación
regional de las fuerzas represivas, la persecución o el secuestro de familiares de los
perseguidos o de familias enteras, y la incertidumbre sobre la suerte corrida por los
niños.
Esa conexión quedó de relieve con el asesinato de los legisladores uruguayos Zelmar
Michelini y Gutiérrez Ruiz, en mayo de 1976 en Buenos Aires. El gran reconocimiento
de ambas figuras y el hecho de que el crimen se produjera en Argentina contribuyeron
a que se volviera un parteaguas en la denuncia a escala internacional (Markarian,
2005). Junto con sus cuerpos aparecieron los de una pareja uruguaya (Rosario
Barredo y William Whitelaw) cuyos tres hijos fueron secuestrados: Gabriela
Schroeder, de 4 años, nacida de la primera unión de Rosario, Victoria de 1 año y
medio y Máximo de solo 2 meses. La pareja estaba integrada por exmilitantes del
Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros). Inicialmente, se había refugiado en
Chile y, con el golpe de Pinochet, la familia entera salcon premura a Argentina. En
Buenos Aires, en 1976, Rosario y William estaban trabajando para que pudieran
escapar militantes uruguayos que, como ellos, se habían refugiado en el país
(Ampudia y Schroeder, 2021).
Al saber del asesinato de la pareja y de la desaparición de los niños, el abuelo
materno, Juan Pablo Schroeder, viajó inmediatamente de Montevideo a Buenos Aires
con su hijo, corresponsal del Corriere della Sera y con contactos internacionales.
Comenzaron una campaña de búsqueda. Lanzaron una carta pública a la prensa y
la denuncia en el exterior. Amnesty sacó una “Acción Urgente” reclamando una
“intervención inmediata” para dar con su paradero: “Existe un gran temor de que los
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niños no vuelvan a aparecer a menos que las autoridades argentinas
tomen medidas inmediatas y exhaustivas para localizarlos”.
6
Más tarde se supo que los niños habían sido retenidos en un centro de detención
clandestino junto a su madre, hasta que esta fue asesinada. Los secuestradores
intentaron entonces instalarlos en una casa con una familia vinculada a la represión,
pero Gabriela insistió con fuerza en reclamar a su madre, como veremos enseguida,
y se opuso a cada paso que los represores querían dar. Finalmente, el abuelo recibió
una llamada de la policía. Le dijeron que los niños habían sido encontrados en un
hospital y que los llevarían a la comisaría. Pocos días después, otro cable informaba
a Amnesty que los chicos se reencontraron con su abuelo.
7
Las conexiones sociales y profesionales de la familia Schroeder y su acceso a medios
internacionales fueron fundamentales para la búsqueda y el encuentro de los niños.
Sin embargo, los familiares no los ubicaron sólo por eso: la actitud de Gabriela, con
sus 4 años, fue decisiva. Ella recuerda la escena. La separaron de su hermana y
hermano. No dejaba de preguntar dónde estaban su mamá y William. Pidió a gritos
que la bajaran del auto que la trasladaba fuera del centro clandestino, y la separaba
de sus hermanos. Tiró por la ventana la ropa que le dieron cuando la llevaron a un
departamento y le dijeron que se cambiara. Le volcó caliente sobre las piernas al
hombre que se acostó en la cama junto a ella, aduciendo que ambos estaban
enfermos. Estaba educada para no aceptar nada que no quisiera. Tenía edad para
hablar, enojarse y lo hizo (Ampudia y Schroeder, 2021).
Poco después, Amnesty International volvió a lanzar una Acción Urgente por otro
niño, José Urteaga, de tres años, que había desaparecido de la casa donde su padre,
Benito Urteaga, había sido muerto junto con Roberto Santucho, en la misma ocasión
en la que Ana María Lanzillotto y Liliana Delfino (pareja de Santucho) habían sido
secuestradas. Lanzillotto estaba embarazada de ocho meses. Sus cuerpos siguen
desaparecidos. Pero José, al igual que en el caso anterior, apareció a los pocos días.
8
Según su madre, Nélida “Pola” Augier (cuadro de la contrainteligencia de su
organización), el retorno había sido un triunfo de la presión internacional.
9
A medida que se producían los casos, la articulación de los familiares y los
denunciantes locales con los organismos internacionales en ocasiones
escasamente formalizada mostraba que los niños estaban viviendo situaciones muy
6
AI (1976). “Uruguayan Family Abducted”, Urgent Action 103/76, 3708/76, cajas 928-36, AIA-IISH.
7
AI (1976). “Argentina”, Urgent Action 20/76 a 70/76, NS 103/76, AIA-IISH. AI (1976) “Uruguayan
Family Abducted”, 3708/76, cajas 449-66, AIA-IISH.
8
AIA-II “Disappeared Children”, cajas 928-36; y “Argentina: Further Abductions of Children”, Urgent
Action 30/76, Urgent Action 96/76, (22 de septiembre de 1976), Urgent Action 89/76 y Urgent Action
007/77, (12 de enero de 1977), cajas 449-466, AIA-IISH.
9
El hijo de Ana María Lanzillotto, Maximiliano Menna, fue identificado mediante pruebas de ADN
realizadas por las Abuelas de la Plaza de Mayo en 2016 (https://www.abuelas.org.ar/caso/menna-
lanzillotto-maximiliano-28?orden=c Consultado el 1 de febrero de 2023).
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diferentes. La desaparición de los dos niños Schjaer (Juan Pablo y Federico Simón,
identificados con el apellido de la madre) amplió aún más el rango de posibilidades
en un caso especialmente borroso. Su madre, Soledad, estaba desaparecida. Amnesty
sostenía que, según los rumores recogidos por la prensa, los niños habían sido
llevados por las fuerzas de seguridad a un hospital donde habían sido raptados,
supuestamente, por parte del grupo al que pertenecían sus padres. La niñera que los
cuidaba, una inmigrante que no sabía leer y tenía bastante edad, había sido apresada
por la policía acusándola de ser parte de la organización. Según Amnesty, ella carecía
de toda actividad política y probablemente había sido capturada por haber sido
testigo del asesinato de la pareja.
10
Estas denuncias fueron parte del primer estadio de la búsqueda realizada por los
familiares tratando de tener información, elaborar habeas corpus y contar con apoyo
en el exterior. Las describí para dar cuenta de que el conocimiento sobre el destino
de los niños era en extremo desflecado (también lo era el relativo a los adultos) y que
circulaba información escasísima, diferente y confusa. Lo cierto es que los niños y
bebés estaban viviendo muy diferentes situaciones, como revelan los casos relatados
anteriormente. En ese contexto, cada pieza de información era clave para intentar
saber qué había sucedido y decidir de qué modo podían buscarlos. De hecho, las
autoridades proporcionaban pistas falsas intencionadamente, para generar
desconcierto y dificultar la squeda, la capacidad de organizar la escasa
información. Estas circunstancias complicaron aún más la construcción del
conocimiento sobre los crímenes por parte de las Madres y las Abuelas de Plaza de
Mayo que se apoyaron, desde sus orígenes, en una alianza crucial con los organismos
internacionales, entre los que se contaba Amnesty (Laino Sanchís, 2020).
Esta alianza favoreció la adopción del lenguaje de los derechos humanos por parte
de los organismos argentinos y latinoamericanos. Ese lenguaje sustituyó al utilizado
por las organizaciones de izquierda en el Cono Sur (Keck y Sikkink, 1998; Markanian,
2005; Crenzel, 2019), aunque la incorporación de la matriz humanitaria y el acuerdo
ideológico al respecto fue variable (Franco, 2018). De hecho, inicialmente,
Montoneros mantuvo una visión instrumental de los derechos humanos, por la cual
era posible que asumieran sus coordenadas en la denuncia internacional al mismo
tiempo que lanzaban una contraofensiva política y militar contra la dictadura en
Argentina, como sucedió en 1978 (Confino, 2023).
En 1976, Amnesty International emprendió una misión a la Argentina con el objetivo
de registrar las denuncias de primera mano. La dictadura autorizó la visita para
cuidar su imagen en la opinión pública internacional y, también, para identificar a
quienes le daban información. La misión llegó en noviembre de ese año y enfrentó
muchos obstáculos y amenazas. El reporte relataba los secuestros. Utilizaba
10
AI-IISH, Caja 930, UA 96/76, 22/09/76, “Argentina: Further Abductions of Children)”. He corregido
el apellido que figuraba en el documento según figura en denuncias posteriores.
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testimonios que recreaban las experiencias vividas por los
desaparecidos y la búsqueda de los familiares.
11
Además, el documento hablaba de
“represalias contra familiares de personas desaparecidas” y afirmaba que “incluso
niños muy pequeños han sido víctimas de secuestros por parte de escuadrones
parapoliciales”.
12
Mencionaba la desaparición de un bebé uruguayo, Simón Riquelo
(que seguía desaparecido aunque su madre había sido legalizada en Uruguay) y de
Mariana Zaffaroni Islas, de un año de edad, cuyos padres (Jorge Zaffaroni y María
Emilia Islas) eran uruguayos y habían sido desaparecidos en 1976 en Argentina. Le
otorgaba especial atención al secuestro y la tortura de familias enteras como los
Avellaneda, cuyo hijo Floreal, de quince años, fue secuestrado cuando grupos de
tarea militares irrumpieron en el domicilio familiar en busca del padre (Amnesty
International, 1977: 39-40).
El informe tuvo una importancia decisiva. Contuvo la primera lista de desaparecidos
difundida internacionalmente. Colocó a la represión argentina en los teletipos de
todas las agencias de noticias y le permitió a Amnesty International requerir una
visita de Naciones Unidas. En los meses siguientes, la organización apuntó a ampliar
y sistematizar la información sobre las personas secuestradas y a movilizar la
preocupación por la situación de los derechos humanos en Argentina. Para ello,
confeccionó distintos informes sobre grupos específicos de víctimas (sindicalistas,
periodistas, psiquiatras), con la intención de visibilizar diferentes colectivos e
involucrar a redes de solidaridad particulares. Además, los contactos establecidos
por la misión le abrieron nuevos canales y vías de información con los que ir
componiendo un cuadro más completo sobre las desapariciones en una escena
internacional, que se convertía en un espacio decisivo de la confrontación con las
fuerzas represivas (Gutman, 2015; Lloret, 2019).
Justamente, en ese marco se afianzó la certeza sobre la heterogeneidad y la
contingencia de las situaciones vividas por los chicos. Había chicos que eran
encontrados, en contextos y con suerte dispar. Por ejemplo, los hermanos Darío,
Natalia y Nicolás (de 7, 6 y 3 años respectivamente, hijos de la pareja uruguaya
formada por Jorge Georgieff y María Galeano) aparecieron en los diarios argentinos.
Con gran cinismo, la policía hizo un llamado a encontrar a los padres (que habían
sido desaparecidos por las propias fuerzas de seguridad) y sostuvo que los niños
habían sido encontrados en la calle.
13
Amnesty advertía que la policía había dado esa
explicación cuando los niños, luego del secuestro de su madre y padre, fueron
devueltos a los parientes. Pero no sucedía de igual modo, en muchos otros casos.
14
11
AI (1 de marzo de 1977). Summary of Argentina Mission Report, AMR 13/16/77, AIA-IISH.
12
AI (10 de enero de 1977). To all National Sections from Latin American Research Department, Report
Argentina: A Survey of Repression in Cultural, Scientific and Related Fields since the Military Coup of 24
March 1976’, AMR 13/02/77, cajas 449-66, AIA-IISH.
13
IISH-AI- Box 928-936, AMR 13/78/77, 25/11/77.
14
IISH-AI- Box 928-936, UA 073/77, 13/05/ 1977.
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derechos humanos en los 70’
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El conocimiento sobre el destino de estos niños era sustantivo para entender la
naturaleza de la represión y la condición de las personas desaparecidas. Según la
visión liberal, toda persona, incluso las que cometieron crímenes, debe contar con
garantías de que sus derechos serán respetados y recibirá un trato humanitario. No
obstante, la persecución de personas “inocentes” (ajenas a las acciones denominadas
“subversivas” por las Fuerzas Armadas) potenciaba la percepción de las atrocidades
cometidas. En ese sentido, los niños y niñas, especialmente los más pequeños,
asociados con la inocencia, la fragilidad y la ternura, facilitaban la empatía. Es decir,
siguiendo a Hunt, favorecían esa práctica cultural de ponerse en el lugar del otro, en
términos físicos y emocionales: pensar y sentir a los otros de manera encarnada en
uno mismo, reconociéndoles, al hacerlo, su condición humana (Hunt, 2008). De
hecho, en el siglo XX, las imágenes de las madres y los niños afectados por las
calamidades de la guerra y la miseria se habían convertido en símbolos del dolor y el
sufrimiento difundidos a escala mundial (Bradley, 2016).
En ese contexto, los sentimientos hacia la infancia y las vivencias de bebés y niños
adquirieron un papel clave en las estrategias de los organismos. Favorecían la
creación de una conexión empática emocional entre la opinión pública internacional
y aquellas personas (“otros”) que, en países alejados y en realidades muy diferentes,
habían experimentado crímenes de lesa humanidad. Los niños y bebés constituyeron
“hiper víctimas”, en los términos del estudio pionero de Inés González Bombal
(Bombal, 1995). Como veremos a continuación, la apelación a los sentimientos en
torno a la inocencia de los niños fue una estrategia clave en el segundo momento de
visibilización de la infancia en la lucha por los derechos humanos.
Centrarse en lo sensible
En 1978, Amnesty publicó un nuevo informe centrado en las mujeres y los niños,
que apareció un poco después que otro documento con denuncias sobre los
estudiantes. Ambos informes hacían parte de la estrategia de agrupar a las víctimas
según diferentes condiciones con la intención de generar alianzas con actores
específicos y sensibilizar a la opinión pública. En estos casos, dicha estrategia utilizó,
además del sexo, la categoría de edad basándose en una definición aceptada por
varios países por la cual se consideraba niños a cualquier persona menor de 18 o 21
años (D’Costa, 2015). De modo tal que la edad era central en la construcción política
y la legitimación de las denuncias. De hecho, la edad constituyó un eslabón de la
autonomización de los “niños” como sujetos de las demandas de los organismos de
derechos humanos que reponía los sentimientos de ternura despertados por los niños
y su asociación con la inocencia. De ese modo, el documento unía la lucha por los
derechos humanos con una larga tradición humanitaria filantrópica, cuyas acciones
históricamente habían velado su carácter político.
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El informe de 1978 comenzaba con un pedido de ayuda del Comité de
Familiares de Detenidos-Desaparecidos por Motivos Políticos y de las organizaciones
Madres y Abuelas de Plaza de Mayo a raíz de la desaparición de Alicia Domon y
Leonnie Duquet, las monjas francesas secuestradas en Argentina en diciembre de
1977. La denuncia sobre este secuestro hacía parte del objetivo del informe de
sensibilizar a la opinión pública internacional sobre la desaparición y la tortura de
las mujeres, los partos en cautiverio, su separación de los bebés y el secuestro de
éstos junto a niños ya nacidos. Estas cuestiones estaban en el corazón de las
denuncias de las Abuelas de Plaza de Mayo (Laino Sanchís, 2020).
El documento fue un paso en el conocimiento sobre lo sucedido con los niños y los
bebés en función de reconstruir la violencia que habían sufrido junto a sus madres.
Recordemos que gran parte de los niños desaparecidos nacieron en cautiverio.
Mapeaba diferentes situaciones colocándolas una en relación con otra. Permitía notar
que no existía un único patrón represivo. Describía extensamente los padecimientos
con detalle. Esta estrategia permitía que los principios abstractos y universales
como el derecho a la vida se hicieran carne y hueso.
15
Movilizar la fibra emocional.
Su valor era aún mayor por la escasez de la información. En muchos casos sólo se
tenían escasas noticias o, incluso, sólo indicios, con los que era central determinar
si los embarazos de las cautivas habían llegado a término y si los bebés habían podido
nacer y sobrevivir. La incertidumbre sigue, de hecho, presente hasta el a de hoy.
Focalicemos en las diferencias entre los casos que enfrentaban en sus búsquedas las
Abuelas y los familiares.
En un extremo pueden ubicarse los casos en los que la información era muy limitada.
Había mujeres que, como Silvia Mónica Quintela Dallasta, desaparecida en enero de
1977, habían sido vistas en un centro clandestino y los testigos afirmaban que habían
dado a luz y que su hijo había nacido vivo, aunque no se sabía nada de ninguno de
los dos.
16
En otros casos, en cambio, los familiares habían tenido contacto con sus
hijas, incluso, en algunas ocasiones, los represores les habían devuelto a los bebés.
Tal fue lo sucedido con Silvia Angélica Corazza de Sánchez, secuestrada el 13 de
mayo de 1977, que, luego de parir, fue llevada por integrantes de un grupo de tareas
con su hijo a la casa de sus padres. Los forzaron a firmar un documento, le
entregaron a la beba y se llevaron nuevamente a Silvia, de la que nada se sabe hasta
hoy. En otros casos, los represores habían permitido contactos esporádicos entre las
mujeres secuestradas y sus familias, que luego, con frecuencia, se interrumpían.
Estos contactos provocaban esperanzas de nuevos encuentros y, también, producían
mucha confusión. No sólo mostraban que las fuerzas del Estado eran capaces de una
15
AI (mayo de 1978). Argentina: Action Paper for Disappeared or Detained Women and Children, AMR
13/35/78, cajas 459-61, en microfilm 117-18, AIA-IISH.
16
En 2010, el hijo de Silvia Mónica se acercó a Abuelas de Plaza de Mayo porque dudaba de su identidad
y luego del test se confirmó que era así. Con 32 años conoció a su padre.
https://basededatos.parquedelamemoria.org.ar/registros/7115/
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derechos humanos en los 70’
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crueldad inhumana contra los más indefensos, sino, también, que no tenían un único
patrón de acción.
Observemos ahora la presentación del accionar de la represión en el informe. En
primer lugar, el texto apuntaba a denunciar la alianza regional de la violencia
represiva en el Cono Sur. Relataba, así, la historia de Graciela Rutilo Artes (argentina
que vivía desde tiempo atrás en Bolivia) y de su hija Carla (de nueve meses). Ambas
habían sido trasladadas de Oruro a La Paz, donde habían sido separadas. La niña
había sido enviada a un orfanato con nombre falso y luego entregada a las
autoridades argentinas. La historia mostraba la articulación represiva regional del
Plan Cóndor (Lessa, 2022). En segundo lugar, el documento trataba de movilizar los
sentimientos de conmiseración con seres humanos indefensos que habían vivido
experiencias límite e intolerables para cualquier persona. Movilizar la empatía con el
sufrimiento de las víctimas era una estrategia nodal en las lógicas de los reclamos de
derechos humanos. En ese sentido, este informe apeló a la voz de Verónica Handl-
Alvarez, cuya doble nacionalidad australiano-argentina le había permitido salvarse y
convertirse en un testimonio de primera mano. Después de relatar los suplicios
(torturas, violación, simulacros de fusilamiento), se explicaba que Verónica estuvo
sola cinco horas con trabajo de parto sin ayuda y su bebé al nacer, en abril, fue
puesto a dormir en el piso de la celda infestada de ratas.
17
Si los bebés, como he
planteado, estaban en el corazón de la sensibilidad moderna hacia la infancia, aún
más lo estaban los recién nacidos.
De modo tal que las elaboraciones socioculturales acerca de la niñez, que
traspasaban las fronteras espaciales y temporales de la Guerra Fría, quedaban
tensadas al límite en la descripción del sufrimiento y el peligro, con la imagen del
bebé amenazado por animales asociados a la ferocidad y la impureza que, además
del peligro, suelen provocar asco en las sociedades occidentales. No tengo registros
de lectura de ese informe. Sin embargo, esto no nos impide preguntarnos por el efecto
que podría haber tenido. Recordemos que las estrategias retóricas y las claves
implícitas de un texto nos permiten descubrir el pacto de lectura entre quienes
escribieron y leyeron y, también, hipotetizar sobre los sentidos potenciales que le
habrían dado los lectores (Chartier, 1989).
El informe evitaba la adjetivación. Esa decisión retórica dejaba al lector/a en soledad,
con la conmoción de una descripción que pulsaba los intolerables sociales y
movilizaba la implicación. Es decir, buscaba poner a los lectores en la piel de las
víctimas, tocar su fibra sensible. Las ideologías occidentales se han basado en la
asociación de lo irracional con lo emocional, que suele ser mediado a través de lo
femenino en la cultura de masas. (Lutz, 1986). Desde ese ángulo, en muchas visiones,
17
AI (mayo de 1978) Argentina: Action Paper for Disappeared or Detained Women and Children, AMR
13/35/78, cajas 459-61, en microfilm 117-18, AIA-IISH. Sobre testimonios de primera mano de mujeres
víctimas, véase Bacci, Capurro Robles, Oberti, y Skura (2012) y Sutton (2019). Sobre el encarcelamiento
y la tortura, véase D’Antonio (2016).
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la movilización de los sentimientos es considerada un recurso espurio
o al menos pragmático. Estos presupuestos desplazan el hecho de que la capacidad
de sentir el dolor ajeno está fundida con la acción política. Dicha conexión, como es
histórica y situada, dio lugar a diferentes configuraciones en cada contexto y tuvo
disímiles efectos y entramados políticos. En los años 70’, el hecho de que la violencia
involucrase a mujeres embarazadas amplificaba la denuncia: operaba sobre la
sensibilidad en torno a la maternidad asociada con la identidad femenina y el valor
otorgado al nacimiento de un nuevo ser humano.
La intención de conmover al lector operaba sobre el atentado a la integridad corporal
de seres con completa fragilidad y vulnerabilidad lo que movilizaba el mandato de
cuidarlos y protegerlos (Fassin, 2018; Hunt, 2008). La estrategia supone dilemas en
torno al uso y la exposición del dolor y el suplicio para denunciarlos y movilizar su
rechazo. No encontré registro de discusiones al respecto. En cualquier caso,
probaban el carácter inhumano, la crueldad, de quienes eran capaces de ejercerla y,
a la vez, nutrían la sensibilidad ética y moral del humanitarismo y el compromiso con
los derechos humanos. En el informe, tal percepción era movilizada a partir de los
niños que habían sido desaparecidos ellos mismos. Se contaba la historia de Floreal
Avellaneda, ya mencionada, y se refería la de los otros chicos más pequeños. También
se visibilizaban los padecimientos de los bebés y las madres que, con prisión legal en
la cárcel de Villa Devoto, habían dado a luz y fueron separadas rápidamente.
Amnesty publicó este informe en mayo de 1978. Lo hizo en el marco de la Campaña
Argentina promovida por el activismo de derechos humanos ante el Mundial de
Fútbol que se iniciaba en junio en la Argentina. Como sabemos, la dictadura
pretendió utilizar el campeonato para revertir su descrédito a nivel internacional y
favorecer su posición ante la inminente visita al país de la Comisión de Derechos
Humanos de la Organización de Estados Americanos cuya llegada produjo gran
rechazo en la prensa argentina (Franco, 2008 y 2018). Para mostrar el apoyo social
al gobierno dictatorial, éste acuñó el eslogan “Los argentinos somos derechos y
humanos”, jugando con el término “derechos humanos”. Era una respuesta
transparente a las denuncias internacionales. Los lazos de exiliados y activistas de
derechos humanos con la prensa (con agencias, medios y periodistas) permitieron
aprovechar el campeonato para difundir la represión que vivía Argentina. Llegaron
muchas historias a la prensa internacional en las cuales, con frecuencia, se referían
a la violencia ejercida sobre familias enteras y niños pequeños.
18
Por entonces, la intensa solidaridad con los presos políticos, organizada por exiliados
uruguayos, recurrió a la niñez en sus campañas. Según puede observarse en una
colección de afiches, resguardados por la oficina del Frente Amplio en España, la
18
Wie viele sind verschwunden (21 de agosto de 1979). Frankturter Rundschau,52. Guest, I. (28 de
septiembre de 1979). Five Other Nations Cited. Argentina Put on UN Rights Blacklist», International
Herald Tribune, Arg. Sn. Folder, NCC-IAI.
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derechos humanos en los 70’
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figura de niños y niñas vehiculizaba el reclamo por sus padres presos. Con esa
finalidad, colocaba a los niños en primer plano, con sus fotografías y dibujos, y
llamaba a la solidaridad con ellos. La solidaridad, entonces, suponía poner de relieve
el sufrimiento padecido a raíz de la ausencia del padre, como puede verse en los
afiches debajo reproducidos. Necesario es decir que esta estrategia, de indudable
importancia, era lógica en función del objetivo de la campaña y estuvo unida, según
recientes investigaciones, a la preocupación por la afectación psicosocial que la
represión y el exilio producido en los niños y niñas. Existieron, como he planteado,
expertos (psicólogos, educadores, médicos) ligados a las redes exiliares, en diferentes
países europeos y latinoamericanos, que generaron intervenciones, reflexiones y
abordajes terapéuticos sobre las vivencias de los niños y niñas, relacionándolas con
las vividas por sus familias (Lastra, 2021; Parisí, 2021; Falcón, 2024). En esas
intervenciones, la niñez adquirió un estatus de enorme centralidad psicopolítica, que
no fue concebida de forma autónoma, sino unida al colectivo mayor la familia, el
pueblo, el exilio, la causa de pertenencia (Falcón, 2024).
Imágenes 2 y 3. Afiches de la campaña por los presos políticos uruguayos, ca. 1978. Los dos diseños
apelan al dibujo de los niños para reforzar la estrategia visual y retórica del texto. Los afiches circularon
en posteos de Facebook, ca. 2020.
En este contexto, en 1979, un informe de Amnesty les otorga la voz en primera
persona a los niños en un nuevo informe dedicado exclusivamente a su situación,
que avanzaba en la comprensión de la violencia ejercida sobre los niños y bebés.
Comenzaba con el relato de un chico de 13 años que tenía dos hermanos de seis y
cuatro años:
Un día muy frío y muy triste, a primera hora de la mañana, un grupo de hombres
que decían ser policías entraron en nuestra casa con armas y se lo llevaron, y nunca
más supimos nada de él.
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No entiendo de política ni por qué se llevaron a papá, pero desde entonces
sé lo que es el dolor y también sé que mi papá es bueno, el mejor papá del mundo,
y que lo necesitamos mucho.
19
Los detalles daban fuerza a la voz de ese niño, ya adolescente (aunque es significativo
que no mencionase el término) que trasmitía su preocupación por su madre y sus
hermanos pequeños. Se contaba, también, que ella había adelgazado por los
esfuerzos para comprarles la comida, la ropa, los remedios para su hermano:
¿Es justo que los niños sean separados de sus padres y estén siempre tristes? ¿Que
los niños enfermen de asma y de tristeza y tengan que ir al psicólogo? [...] Bueno,
yo no creo que esté bien y por eso te pido que nos devuelvas a nuestro papá (AI,
1979)
Con estas palabras, el informe unía las violaciones a los derechos humanos con los
derechos de los niños. Si bien cada uno de estos marcos jurídicos tenía largos
antecedentes, su conexión era en extremo novedosa. En el siglo XIX, el derecho de
los niños fue concebido en términos salvacionistas y, de forma paradójica, esa óptica
con frecuencia dio lugar a nuevas violencias. La violencia contra los niños recién dio
lugar a nuevas medidas y acciones en términos de los derechos a nivel internacional
cuando las guerras se instalaron en territorio europeo. De todas maneras, esas
medidas no los consideraban individuos completos per se. De hecho, la declaración
de 1959 no los reconoa como sujetos de derechos humanos de primera generación
(salvo en referencia al nombre y la nacionalidad) como pueden ser el derecho a la
libertad y la expresión (Lindkvist, 2019).
De modo tal que el lenguaje de los derechos humanos incorporó a los niños en el
contexto de la violencia ejercida sobre ellos en las zonas calientes de la Guerra Fría
y en el marco de los conflictos desatados por el nuevo poder neocolonial. Esto no se
explica, como vimos, por la inexistencia previa de crímenes contra los chicos, sino
por la modificación en la percepción de la condición infantil. En los años sesenta, la
idea de los niños como sujetos plenos, con derechos per se, ga hegemonía. Se
nutrió de la conciencia de las desigualdades sociales y las atrocidades sufridas por
ellos junto al ascenso de la cultura “psi” a escala global que había abogado por la
autonomía de los chicos, incluso, en ocasiones, que tenía una valoración positiva de
su capacidad de desafiar a los adultos (Cosse, 2021). En la Argentina de finales de
los años setenta, ese papel más activo de los niños permite explicar la capacidad de
respuesta de Gabriela Schroeder que, con solo 4 años, enfrentó con valentía la
apropiación. Eran actitudes que, según sostiene retrospectivamente, su madre había
promovido al criarla (Ampudia y Schroeder, 2021).
Esta nueva forma de ver y escuchar a los niños como sujetos con capacidad de acción
contribuyó así a concebirlos titulares de derechos humanos y a dotar a sus historias
19
AI (marzo de 1979). The Missing Children of Argentina, AMR 13/19/1979, cajas 462-66, AIA-IISH.
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derechos humanos en los 70’
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de importancia dentro del movimiento de derechos humanos, hasta el punto de que
Amnesty International creó un nuevo código de identificación en su nomenclador (que
facilitaba las búsquedas relacionadas con los niños en sus archivos) para referirse a
los niños y niñas. Pero también la nueva percepción estuvo relacionada con la
estrategia de dar protagonismo a los testimonios directos de los niños.
Veamos más a fondo el papel de la sacralización de la infancia. En esta nueva
denuncia, Amnesty International, luego de darles voz a los niños para que hablasen
de su sufrimiento por la represión a sus padres, mostraba el efecto que tenía la
violencia sobre los propios niños. La historia de Clara Anahí Mariani corporizaba,
nuevamente, la denuncia. Luego seguía un relato pormenorizado de la búsqueda
emprendida por su abuela y familiares con detalles sobre los indicios que daban
credibilidad a la convicción de que los bebés estaban con vida. El informe contenía
un listado actualizado, con información breve, de todos los casos de bebés y niños
registrados. Terminaba recalcando la omisión de las autoridades.
20
La centralidad de los niños en la denuncia era parte de una composición mayor.
Estuvo unida a la figura de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo. Ellas, con sus
pañuelos blancos, su condición de madres y abuelas de las víctimas, sus valientes
rondas frente a la casa de gobierno, la conmoción de sus historias en la búsqueda de
sus hijos y nietos, amplificaban la conexión con la inocencia y el sufrimiento. Tal
conexión se facilitaba cuando ellas sostenían “somos pacíficas y apolíticas: buscamos
a nuestros hijos”, con lo que se diferenciaban de ellos y afirmaban el componente
humanitario de su lucha.
21
Las imágenes de las madres y abuelas junto a las fotos de los desaparecidos poblaron
las campañas de derechos humanos en Europa. En esos años, muchas de ellas
lograron realizar viajes que les permitieron estar presentes en la prensa internacional.
Como expresa simbólicamente el afiche de Amnesty aquí reproducido, las escasas
fotos existentes de los bebés desaparecidos de Simón Riquelo, Clara Anahí Mariani
o Mariana Zaffaroni se repetían junto con las imágenes de los adultos. Esa
composición entrelazaba viejos tropos, la lucha de los débiles contra los poderosos,
el amor maternal, la fragilidad de los bebés, el humano reclamo a saber el destino de
sus seres queridos, para dar cuenta de las atrocidades de las nuevas dictaduras
latinoamericanas.
20
AI (marzo de 1979). The Missing Children of Argentina, AMR 13/19/1979, cajas 462-66, AIA-IISH. La
lista incluía a Simón Riquelo, Amaral García, Anatole Grisonas y Victoria Grisonas, Mariana Zaffaroni
Islas, Jorgelina Planas, Elena Bleza, Sebastián Márquez, Pablo Menna, Carlos Santillán y María Lucila
Santillán, Freida Laschian Meijado y su hermano Gabriel Matías Cervasco, ambos chilenos.
21
Madres de Plaza de Mayo (26 de julio de 1980). Palabras pronunciadas al iniciarse la conferencia de
prensa en el foro alternativo de la conferencia de la mujer en Copenhague. Boletín de las Madres de
Plaza de Mayo, 1(2).
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Imagen 5. Cartel. Fuente: IISH-Amnesty International, ca. 1980.
En términos gráficos, el afiche tenía un diseño simple, al punto de que el sentido fue
anclado en un largo texto con letras chicas y con copiosa información sobre los
desaparecidos. Tenía en el centro a los pañuelos de las Madres y Abuelas, se
destacaban los niños, las mujeres y las estampas familiares. Usaba el color celeste,
que estaba asociado con la Argentina como se sabía internacionalmente por la
camiseta en el mundial de fútbol. La organización de las fotografías recordaba las
pancartas levantadas por las madres en las marchas, esas imágenes que lograron
revertir la clandestinidad de un crimen que operaba anulando cualquier tipo de
conocimiento. La composición tenía relación directa con las imágenes que movilizaba
la prensa internacional al referir a las violaciones de derechos humanos en
Argentina.
22
22
Véase, por ejemplo, Guest, I. (28 de septiembre de 1979). Five Other Nations Cited, International
Herald Tribune; Grandmothers of the Missing Continue to Ask “Where Are the Children?” (7 de julio de
1982). International Herald Tribune y Le premier anniversaire des “Folles de Mai” (16 de octubre de
1979). Le Monde. Arg. Sn. Folder, NCC-IAI.
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derechos humanos en los 70’
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En septiembre de 1979, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)
realizó su visita a la Argentina. Estuvo una semana y realizó un trabajo intenso. El
informe fue terminante. Basándose nuevamente en una labor previa de los nuevos
organismos de derechos humanos, que estaban consolidándose y que la visita
fortaleció, describía en detalle las secuencias de secuestro, tortura y muerte, el
funcionamiento de los centros clandestinos y la responsabilidad de las Fuerzas
Armadas y el Estado en dichos crímenes (Basualdo, 2019). Entre los casos
paradigmáticos que se analizaron en profundidad figuraban los de Silvia Angélica
Corazza y Clara Anahí Mariani. También se transcribió el testimonio de Estela María
Cornalea, secuestrada junto con su marido, pero posteriormente liberada, que había
visto pañales en el centro clandestino al ser obligada a lavar ropa sucia. Ello confirmó
las sospechas de que había bebés entre los y las cautivas. Basándose en más de
cinco mil quinientas denuncias, el informe de la Comisión fue un duro golpe a la
dictadura y tuvo un hondo efecto en la opinión pública internacional. Los dos
primeros requerimientos de la Comisión al gobierno argentino fue publicar las listas
de desaparecidos y tomar las medidas necesarias para que los menores de edad
desaparecidos sean entregados a sus ascendientes naturales u otros familiares
cercanos (OEA-CIDH, 1980).
Lo anterior nos permite avanzar en la reconstrucción sobre qué lugar le dieron los
organismos de derechos humanos a los niños en su denuncia de la violencia represiva
del Estado. Muestra que los niños fueron concebidos como víctimas directas de la
represión tempranamente y que su voz fue importante en las estrategias emergentes
del organismo.
23
Esta percepción fue el resultado de un proceso de conocimiento
sobre los acontecimientos y una elaboración política que, como plantearé, adquirió
entidad en lucha con los sentidos atribuidos a la celebración del Año Internacional y
los derechos de los niños. Esto no implica, de ningún modo, restarle importancia a
las investigaciones y las políticas centradas en las experiencias infantiles y el
reconocimiento de su afectación propia y singular. Por el contrario, este texto apunta
a una historización del papel que los adultos les adjudicaron dentro y fuera del
movimiento de derechos humanos.
Los derechos del niño y los crímenes contra la humanidad
La confluencia entre la reivindicación de los derechos de los niños y la agenda
humanitaria quedó expresada en la Convención de Derechos de los Niños y las Niñas
de 1989. Como es sabido, la propuesta de renovar el pliego de derechos
internacionales de los niños de 1959 surgió a raíz de la organización del Año
Internacional del Niño convocado por Naciones Unidas para 1979. La intención de
23
Véase, entre muchos otros, Die Großmütter der “Plaza de Mayo” y Deine Großmütter ist hart wie Stahl
geworden (19 de mayo de 1982). Tagesthemen.
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promover los derechos y el bienestar de los niños y la ayuda
humanitaria de las naciones más ricas a los niños menos privilegiados mediante
acciones del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF). En términos
de las relaciones internacionales, la medida pretendía armonizar posiciones y
contrabalancear los conflictos desatados en la conmemoración del Año Internacional
de la Mujer en 1975 (Grammático, 2010; Olcott 2017).
24
Sin embargo, la iniciativa se politizó rápidamente. El hecho mismo de que la
propuesta de un código vinculante surgiera de Polonia ponía en juego la oposición
entre el mundo capitalista y el socialista, a pesar de que el proyecto reproducía en
gran parte los principios del pliego de 1959. De allí que, rápidamente, diferentes
países expresaran su interés en trabajar en una propuesta alternativa, que fue
encargada a la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas. Amnesty
International decidió aprovechar la agenda para denunciar la violación de los
derechos humanos de los niños. Lo consideró una oportunidad para actuar
políticamente sobre el contexto de ese año y, eventualmente, sobre la agenda de
cuestiones a incorporar en el posible borrador sobre los derechos de los niños.
Decidió elaborar un informe para visibilizar la violencia sufrida por chicas, chicos,
niños y bebés. No quedaron los memos de la reunión en la que se tomó tal decisión
en la copiosa documentación consultada. Sin embargo, el informe explica que la idea
reproducía la estrategia de la institución en el Año Internacional de la Mujer, cuando,
también, presentó una denuncia.
Imagen 6. Portada del informe “Children” de Amnesty Internacional (1979).
24
Véase https://elpais.com/diario/1978/12/31/sociedad/283906807_850215.html. (Consultado el 1
de febrero de 2023).
El estatus de la infancia en la agenda internacional del movimiento de
derechos humanos en los 70’
Anuario Nº44, Escuela de Historia
Facultad de Humanidades y Artes (Universidad Nacional de Rosario), 2026
ISSN 18538835
La estrategia apuntaba a intervenir políticamente en la agenda de cuestiones en torno
a los derechos de los niños. Amnesty volvió a elegir casos paradigmáticos para ilustrar
las crueldades sufridas por los niños en el globo entero. Al leer el texto, resulta
evidente el esfuerzo por lograr una combinación equilibrada de casos de países
capitalistas en particular de América Latina, África y Asia y socialistas. El informe
se abría con los casos de Simón Riquelo y Olga, una niña soviética cuyo padre había
sido enviado a Siberia. Seguían decenas de relatos, plenos de detalles. Todos los casos
referían a regiones excoloniales o del bloque socialista.
Con los relatos se daba cuenta de diferentes violencias. Por un lado, mencionaban el
sufrimiento de los niños y niñas a raíz de la muerte y la persecución de sus padres o
madres. Esas pérdidas los desposeían emocionalmente, les generaban angustia y
temor y tenían efectos directos en sus condiciones de vida. Eran niños que habían
atravesado condiciones límites, con familias que habían quedado en la pobreza y el
desamparo o, incluso, debieron huir para salvar su vida. Por el otro lado, estaba la
violencia ejercida sobre los propios chicos, de modo directo. Se contaba sobre niños
arrestados y detenidos, enviados a prisión con sus padres o por sus propias creencias
o acciones y que habían sido torturados o forzados a presenciar la de sus padres o
madres.
Nuevamente, se apelaba a la conexión sensible. Recordemos que la figura de la
víctima remite a quien no tiene posibilidad de demostrar el daño sufrido, porque se
le ha privado de las condiciones y los medios necesarios para hacer valer su denuncia.
No había mayor prueba que la persecución de inocentes, que la desaparición de niños
pequeños o recién nacidos, como ya he planteado (Bombal, 1995; Laino Sanchís,
2020). En esos casos, la desaparición operaba sobre quienes carecían de habla o,
incluso, quienes no habían nacido cuando sus madres fueron desaparecidas. De ese
modo, la edad estaba imantada de sentido político y la denuncia lo incorporaba.
Los testimonios sobre el secuestro, las informaciones sobre el paradero y la propia
búsqueda se constituían en pruebas, evidencias, del propio crimen. La retórica de la
denuncia permitía imaginar las vivencias. Leer estas denuncias exigía traspasar el
umbral que ponía en juego la condición misma del ser humano. El informe tocaba,
como he argumentado, una fibra sensible y operaba con la sentimentalización de la
infancia. Sobrepasaba los parámetros de lo pensable en el lazo social, en la condición
humana. Tal percepción podía ser aún más profunda para algunos lectores cuando
se mencionaba a las niñas, que movilizaban las construcciones de género que habían
naturalizado, aún más que las que mencionaban a los varones, su asociación con la
inocencia sumada a la debilidad. La edad operaba en forma semejante: cuanto más
pequeñas eran las víctimas, más podía despertar la compasión. De hecho, los bebés
raptados en Argentina abrían y cerraban el informe.
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De todos modos, el documento incorporaba otras historias de niños del
Cono Sur como Carla Rutilo Artes, cuya denuncia ya he referido anteriormente y que
junto a su madre seguía desaparecida. También mencionaba a Amaral García
Hernández, un chico uruguayo de tres años, que había sido secuestrado en 1974,
junto a sus familiares en Buenos Aires, a donde habían llegado exiliados escapando
de la represión de su país. Se explicaba que los tres habían sido vistos en la Policía
Federal en Argentina y los cuerpos de los adultos habían aparecido en las afueras de
Montevideo con signos de tortura y heridas de bala. El caso de Carlos Patricio Fariña
Oyarce, detenido con 13 años en 1973 en Santiago de Chile, daba cuenta de la
violación a los derechos humanos de chicos que habían sido institucionalizados por
situaciones ajenas a la represión política pero que habían sufrido la violencia al punto
de terminar estar desaparecido. Fue llevado al Estadio Nacional donde estaban los
presos políticos- cuando fue capturado en su casa luego de haberse escapado de la
institución en la que estaba confinado. Se seguía sin tener rastros de chico y su
madre había muerto de cáncer unos años después (AI, 1979: 7, 9 y 17).
En el campo de los estudios de la infancia el interés por rescatar la voz de los niños
ha puesto de relieve que la victimización los cercena como sujetos con carácter activo.
Las denuncias analizadas revelan que los niños podían ser considerados víctimas y,
al mismo tiempo, podían recuperarse sus voces (en un gesto siempre mediado por
supuesto) y pensarlos activamente. Es necesario recordar el efecto del género de la
denuncia en sí mismo, que construyó a los propios adultos como víctimas inocentes
y el estatus de los niños ante la violencia represiva requiere problematizar la edad.
No es lo mismo un bebé, un niño con capacidad de habla o un adolescente en ninguno
de los planos. En ese sentido, la entidad política de la edad adquiere diferente
significación según las etapas de los niños y, en función de ello, también varían las
posibles estrategias discursivas. De modo tal que a medida que los niños eran más
grandes, por ejemplo, se debilitaba su asociación con la inocencia, pero ello quedaba
contrabalanceado con la posibilidad de transcribir un testimonio con la voz propia de
los chicos y de ese modo fortalecer la sensibilización.
Los relatos sensibles estaban intercalados con información dura. En el caso de la
Argentina, se explicaba que la policía había anunciado, a fines de 1979, que 40 chicos
en su custodia habían regresado a sus hogares o entregado a instituciones. Pero que
no fue dado ningún otro detalle. Existían reportes confirmados, se afirmaba, que los
niños secuestrados habían recibido otra identidad y habían sido enviados a adopción.
También refería a las marcas psíquicas y psicológicas (terrores, pesadillas,
ansiedades e híper sensibilidad) y a los efectos fisiológicos, como dolores de estómago
y apatía con la comida. El informe terminaba llamando a la acción, con trabajo
voluntario y presión en la opinión pública internacional. En suma, el texto fundía los
sentimientos de empatía con los niños y la denuncia por las violaciones a los derechos
humanos sufridas por ellos y, para ellos, ponía en juego su propia voz. Condensaba
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la acumulación de numerosas organizaciones, redes y activistas y, al mismo tiempo,
hizo parte de una torsión en la opinión pública internacional.
Esta conexión entre la lógica de los derechos humanos y el sentimiento hacia los
niños fue el núcleo de las estrategias de las Abuelas de Plaza de Mayo y otras
organizaciones que surgieron en Argentina y en el extranjero para apoyar la búsqueda
de sus nietos. Entre estas últimas se encontraba Kinderhilfe Lateinamerika, un grupo
con sede en Köln (Colonia, Alemania) que estaba activo en 1979 y defendía los
derechos humanos en Argentina y, en particular, pedía el regreso seguro de los bebés
y niños secuestrados.
25
De manera similar, la Organización Católica Canadiense para
el Desarrollo y la Paz envió miles de cartas a las Abuelas en 1979 y apeló a la
compasión empática. Es interesante notar que las campañas de estas dos
organizaciones se lanzaron sin tener ninguna relación directa con las Abuelas. En el
caso de la organización canadiense, la colaboración fue el resultado de la campaña
(Laino Sanchís, 2020).
En el Cono Sur, los militares aprovecharon el Año Internacional del Niño para
afianzar las acciones dirigidas a los niños, legitimar la represión y fortalecer la alianza
con la Iglesia católica con su antiguo y renovado reclamo para promover la familia,
institución restauradora, decían, del orden social. En ese marco, en Argentina los
militares modificaron la denominación de las Naciones Unidas de la celebración del
niño por la de “Año Internacional de la Infancia y la Familia” (Cosse, 2021; Osuna,
2017).
Irónicamente, al mismo tiempo que la escena dictatorial se saturaba de discursos
celebratorios de los niños y la familia, aparecía la primera solicitada de las Abuelas
de Plaza de Mayo reclamando por sus nietos en el marco de la conmemoración
mundial. En 1980, en el boletín de las Madres de Plaza de Mayo volvía sobre esa
conexión. En ocasión del día del Padre, las abuelas de Mendoza habían distribuido
tarjetas que decían: “¿Dónde estás papá?”. En la página contigua se reproducían dos
principios de los derechos de los niños. El primero referido a la protección de los
niños y a las condiciones de libertad y dignidad que debían contemplarse en pos del
“interés superior del niño”. El segundo trataba sobre su derecho a crecer y
desarrollarse en buena salud para lo que debía proporcionarse a él como al a madre
cuidados y atención pre y posnatal.
26
De este modo, los reclamos por los niños y los bebés desaparecidos quedaban unidos
a los derechos de la infancia. En la región, esta noción había tenido enorme
importancia históricamente de la mano de las agendas de los expertos médicos,
juristas, educadores-, las organizaciones continentales y los propios gobiernos. En
25
Presseerklarung (octubre de 1979). Argentinien Folder, Solidaritat 1976-1977, Forschungs- und
Dokumentationszentrum Chile- Lateinamerika. Dunkhorst, J. Comunicación personal, 23 de enero de
2020.
26
Madres de Plaza de Mayo, Año I, no. 2, septiembre, 1980, Homenaje a los padres víctimas, s/p.
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ese sentido, si bien la declaración de derechos de 1959 no generaba
obligaciones vinculantes, legitimó con frecuencia posturas e incluso nuevas
legislaciones en América Latina (Cosse, 2006). De allí que la visibilidad de los niños
y los bebés en su condición de víctimas y sujetos de derecho se potenció con una
retroalimentación virtuosa entre la escala internacional y la nacional.
La búsqueda de las Abuelas y la negativa del gobierno a responder a sus peticiones
legitimaron la importancia de la ayuda internacional. Citaron repetidamente la larga
lista de recursos de hábeas corpus y las solicitudes presentadas a diferentes niveles
del gobierno y de la Iglesia católica. Cada paso que daban acciones legales,
apelaciones a la Iglesia, publicación de anuncios pagados en la prensa se convertía
en información que utilizaban los activistas en su trabajo fuera del país. Estos datos
sirvieron de base para informes, campañas y artículos periodísticos que, a su vez,
podían tener repercusión en Argentina y causar impacto allí. Daban visibilidad a las
reivindicaciones. Cuando la prensa internacional informaba sobre las Madres y las
Abuelas u otros grupos de derechos humanos, los medios de comunicación locales
podían publicar esas noticias, eludiendo la censura.
27
Cabe destacar que, cuando las
Madres de Plaza de Mayo fueron nominadas al Premio Nobel de la Paz por un grupo
de legisladores daneses, la nominación fue noticia en todo el mundo y fue cubierta
por los medios locales.
28
El premio, finalmente otorgado a Adolfo Pérez Esquivel por
su defensa de los derechos humanos en Argentina como director de la organización
SERPAJ (Servicio de Paz y Justicia), favoreció de cualquier modo la visibilidad
internacional de las violaciones a los derechos humanos en Argentina.
29
Al encontrarse los primeros nietos, en 1979, se intensificó aún más esta
retroalimentación entre los esfuerzos nacionales e internacionales en materia de
derechos humanos y la cobertura de la prensa. La primera historia que apareció
ampliamente en la prensa fue la de Anatole y Victoria Julién. Su caso había sido
objeto de una extensa Acción Urgente de Amnesty International ese mismo año.
Aunque eran uruguayos, estos niños habían sido secuestrados en Argentina en 1976
junto con sus padres y llevados por las fuerzas de seguridad a Valparaíso, Chile,
donde fueron abandonados en una plaza pública, según informaron los periódicos
locales. La denuncia internacional había incluido la cobertura informativa de su
historia y los hermanos Julién fueron encontrados gracias a que su caso apareció en
una publicación de Clamor (Comité de Defensa de los Derechos Humanos en el Cono
27
Editorial, “¿Un Nobel para las Madres”, Buenos Aires Herald, 22 de enero de 1980; “Del obispo de
París, sobre desaparecidos”, La Nación (Argentina), 26 de noviembre de 1981; y “Ante la embajada en
París: Navidad sin presos”, Clarín (Argentina), 11 de diciembre de 1981, 10. Artículos consultados en la
carpeta de recortes de prensa del Archivo del Centro de Estudios Legales y Sociales (Argentina).
28
“Conferencia de Prensa en Copenhague” y Nómina de las instituciones no gubernamentales que
invitaron a las Madres de Plaza de Mayo al a Conferencia Alternativa de la Mujer”, boletín Madres de
Plaza de Mayo, año 1, n.º 2, septiembre de 1980.
29
George Russell y William McWhirter, “Living with Ghosts”, Time Review, 20 de julio de 1981, 15-8,
Arg. Sn. Folder, NCC-IAI.
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Sur, fundado por el arzobispo de São Paulo a principios de 1978), una de las
principales organizaciones de derechos humanos de la región. En 1980, otros dos
nietos desaparecidos fueron devueltos a sus familias (Tatiana Ruarte Britos y Laura
Jotar Britos) y las Abuelas de la Plaza de Mayo presentaron una nueva demanda ante
la junta militar. En 1981, el periódico francés Le Monde informó de que las Abuelas
habían identificado 68 casos de bebés y niños desaparecidos. El hecho de que se
hubieran encontrado cuatro de ellos significaba que el gobierno tenía información
para localizar a otros niños desaparecidos, afirmaron las Abuelas, y si no tomaba
medidas inmediatas, recurrirían al apoyo de personalidades civiles y religiosas para
que acompañaran su demanda.
30
Cada denuncia, carta y artículo periodístico fue
consolidando poco a poco una alianza fundamental entre las agendas de derechos
humanos y derechos del niño.
Conclusiones
Este artículo se preguntó por la significación de la infancia como categoría
sentimental y política y de los niños y los bebés como sujetos en las estrategias
del movimiento de derechos humanos y la denuncia internacional. Propuso una
historización que contribuye a entender el proceso de conocimiento sobre la violencia
ejercida sobre los niños y, al hacerlo, aporta a la discusión sobre la visibilidad y el
estatuto de los niños y a valorizar los puentes entre la lógica de los derechos humanos
y la lógica humanitaria. Recapitulemos.
En primer lugar, he planteado que la percepción de la violencia ejercida sobre los
niños y los bebés supuso un proceso de conocimiento. Eso requirió traspasar la
fragmentación de información y la existencia de diferentes formas de violencia
ejercida sobre ellos. El carácter procesual exigió recomponer indicios, armar
denuncias, elaborar descripciones. En ese proceso fue posible identificar diferentes
estadios en los que fue construyéndose el estatus propio de los niños en tanto
víctimas de las violaciones de los derechos humanos y, a la vez, delineándose el
carácter sistemático de las prácticas crueles y aberrantes que mostraban la
inhumanidad de los represores y la contingencia en torno al destino de los niños.
Ellos, tristemente, merecieron un lugar en el nomenclador de Amnesty International.
En segundo lugar, esa elaboración de conocimiento fue el resultado de una
retroalimentación concreta que vertebró diferentes actores en cada etapa. Las
Abuelas fueron recogiendo, en su angustiosa búsqueda, informes, datos, indicios,
que fueron conociéndose a escala internacional. El movimiento de derechos humanos
y los exiliados argentinos difundieron esa información y colaboraron con las Abuelas.
30
“Argentina. Missing Uruguayan Children Traced to Chile”, 17 de septiembre de 1979, AMR 13/59/79,
AIA-IISH; y Jacques Després, A la recherche des enfants disparus, 17 de agosto de 1981, Le Monde,
Arg. Ha. Carpeta, NCC-IAI.
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Como hemos visto con Amnesty International, esas organizaciones
estaban en condiciones de procesar la información y movilizar el reclamo. La
estrategia de denuncia se movió a diferentes escalas (internacional, continental,
nacional y regional) e involucró innumerables organismos y personas y produjo una
retroalimentación ascendente que operaba a ras del activismo local y en la prensa
internacional. Cada nuevo movimiento en Argentina abría un rebote en el exterior y
viceversa. Al mismo tiempo, las repercusiones en diferentes organismos y países
generaban nuevos efectos en espiral.
En tercer lugar, esta retroalimentación, común al conjunto de las denuncias, adquirió
especial entidad en relación con los niños y los bebés. Ellos movilizaban una
imbricación sensible. Es decir, una conexión completa de lo político, lo moral y lo
emocional motorizada por las construcciones sobre la infancia: la ternura despertada
por los bebés, la inocencia asociada con los niños pequeños y su necesidad de
cuidados y protección. Esas construcciones suponían la existencia de puentes entre
la lógica de los derechos humanos y la lógica humanitaria. Es decir, el reclamo
político de derechos movilizó, se nutrió de la compasión y el objetivo de aliviar el
sufrimiento.
En cuarto lugar, la vertebración de la denuncia por los derechos humanos y la
demanda por los derechos de los niños fue disparada por la disputa en torno a la
agenda abierta con el Año Internacional del Niño en 1979. Su preparación favoreció
la politización de los derechos de los niños y la creación de demandas concretas por
las violaciones de lesa humanidad perpetradas sobre los propios chicos. El hecho de
que un organismo como Amnesty International haya difundido un informe detallado
para nutrir el trabajo del activismo global se conectó con la acción de las propias
Abuelas de Plaza de Mayo en la misma dirección. Esa conexión se plasmó en una
configuración simbólica en la que confluían la figura de las madres y abuelas, con
sus pañuelos blancos, con las mujeres y los niños desaparecidos que unía antiguos
tropos, como la fuerza de los débiles, la maternalización de las mujeres, la fragilidad
de los bebés y niños, con la denuncia de la violencia brutal ejercida en las zonas
calientes de la Guerra Fría.
Finalmente, la historización de este proceso muestra que los niños y los bebés fueron
reconocidos como sujetos, diferentes de sus progenitores, que habían sufrido en
carne propia la violencia represiva. Esto no significa que las conceptualizaciones
anteriores hayan dejado de ser utilizadas. La edad constituyó una categoría imantada
de politicidad, que operó sobre las denuncias y que intervino de forma diferencial en
la construcción de los bebés y los niños como víctimas de las violaciones a los
derechos humanos. Entre los niños más grandes, este estatuto de víctima no impidió
que se les otorgara voz, siempre mediada, y se reconociera su capacidad activa, en el
marco posible dejado por la crueldad de los crímenes que sufrieron.
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Esta reconstrucción, que muestra el estatus propio otorgado a los niños y bebés por
el movimiento de derechos humanos, no implica desconocer que aún queda mucho
por hacer para reponer su experiencia su sufrimiento y la violencia ejercida de
múltiples formas sobre ellos en las reconstrucciones históricas sobre la violencia
represiva y de los distintos efectos que ésta abrió en diferentes generaciones. María
Santucho (la mayor de las chicas y niños secuestrados en 1975) notó que tuvieron
que pasar cuarenta y cinco años para que ella pudiera entablar una querella contra
quien la secuestró a ella y a las otras chicas y niños. Nunca había contado la historia
en público y lo hizo frente al tribunal para reclamar justicia. Tomó esa decisión, según
explica, por ella pero también por su madre, sus hijas y sus nietos. Se le quiebra la
voz cuando lo dice. La tragedia aún planea medio siglo después y la historia de los
niños tiene aún mucho que decir sobre el carácter de esa violencia atroz y la forma
de enfrentarla por diferentes generaciones.
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Recibido: 3 de septiembre de 2025
Aceptado: 25 de noviembre de 2025
Versión Final: 22 de diciembre de 2025