Vidal, A. y Telesca, I. (Eds.) (2022), Fortín Yunká (1919). Historia y memoria del pueblo pilagá. Buenos Aires: SB, [160 páginas]

En abril de 1919, en Yomqa`,[1] bajo la comandancia del capitán Enrique Boy, el Regimiento de Línea del ejército argentino[2] emprendió una aleccionadora matanza e incendio del campamento pilagá de Lacaldá, del cacique Garcete (Qanasokie`n, Qanasoki` o Nasoki´). Según la historiografía oficial, ello fue en respuesta al ataque que el 19 de marzo había sufrido el fortín militar Yunká y por el cual fueron muertos todos sus ocupantes. Se trató, en verdad, de una más de las avanzadas militares que el estado argentino realizó sobre los pueblos originarios del Gran Chaco. El evento se inscribió en la memoria monumentalizada de la región como “el asalto a Fortín Yunká” o, también, “el último malón” indígena.

Cien años después, en abril de 2019, el Instituto de Investigaciones sobre Lenguaje, Sociedad y Territorio (INILSyT) de la Universidad Nacional de Formosa, organizó las Primeras jornadas de reflexión sobre La masacre de Fortín Yunká (1919): Políticas de Estado, archivos, narraciones literarias y memorias. El libro que aquí reseñamos retoma buena parte de los emergentes de dicho evento.

El lúcido prólogo de Walter Delrio nos conduce a revisar la forma en que la etiqueta del “malón” ha funcionado una y otra vez como símbolo de barbarie aniquilable y violencia atávica. El epíteto de “ultimo malón” estableció un particular marco de interpretación que invisibilizó la matanza realizada por el ejército, negando la complejidad de las relaciones, acuerdos, negociaciones y cooperaciones mantenidas entre los pueblos originarios y el estado antes, durante y después de las avanzadas militares. También fue un modo de simplificar el relato en los términos de una “justa y necesaria” venganza para acabar con los “resabios de barbarie” que pudieran quedar en el territorio; un territorio que se lo prefirió pensar vacío antes que reconocer la existencia de una otredad legítima. Así, a pesar de que quince años más tarde se reconoció que los verdaderos autores del ataque habían sido miembros del pueblo maká, nada de eso modificó el relato original que hizo de este evento un importante cohesionador de la comunidad imaginada de Formosa (como bien señala Javier Nuñez en el capítulo de su autoría -página 131 de la obra); una comunidad imaginada como blanca y vivida con una profunda identidad anti-indígena. 

La incorporación de los pueblos originarios a la matriz estado-nación-territorio y a la economía capitalista es un proceso aún vigente y que se basa en el robo, la muerte y el hambre. La matanza de Lacaldá fue un punto de condensación crítica de ese proceso. Fue parte de una larga lista de matanzas olvidadas en las que -como señalan Alejandra Vidal e Ignacio Telesca en la Introducción- “el relato siempre se mantiene constante”: la matanza hecha por las Fuerzas Armadas o de Seguridad no es más que una merecida represión frente a un “peligroso” alzamiento indígena. También las razones de fondo son siempre las mismas. Pues, por su intermedio se instala el miedo en pueblos y comunidades para disciplinar y empujar a su incorporación a la economía política capitalista. En el caso, como mano de obra en los ingenios azucareros, obrajes y algodonales. Quizás allí se encuentren las razones por las que, a la matanza de Fortín Yuncá/Lacaldá le siguió, 28 años después, la matanza de Rincón Bomba. Ambas fueron sobre el pueblo pilagá, pero cada una se aplicó sobre un subconjunto diferente. La primera fue sobre los pilagá de Navagán; la segunda impactó sobre el grupo circundante al bañado La Estrella (pilagá del bañado). 

A lo largo de sus 190 páginas, el libro ofrece distintos nombres para referir el carácter continuado de la muerte y la represión sobre los pueblos originarios: “masacres por goteo”, “genocidio latente”, “Matanzas en plural”… La diversidad de modos a la hora de nombrar el problema habla, en verdad, de las dificultades que cargamos cuando queremos poner palabras a esas muertes históricamente negadas.

Como se señala en el capítulo de Diana Lenton, Valeria Mapelman, Marina Matarrese, Luciana Mignoli y Marcelo Musante (“Lo que oculta Fortín Yunká), se trata un largo proceso genocida sostenido desde el comienzo mismo del estado nación argentino y aun vigente. Avanzando en el análisis de documentos -textuales y fotográficos- y memorias militares, les autores inscriben esta masacre en el marco de las políticas militares y reduccionales, en una línea de continuidad con las matanzas de Napalpí (1924), El Zapallar (1933) y La Bomba (1947). Les autores consiguen recuperar el recorrido de la figura de Garcete por las distintas instancias del sistema represivo estatal a lo largo de las décadas. Con su madre y su hermano muertos a instancias de la masacre de 1919 y su ingreso a la Reducción Bartolomé de las Casas en 1934 junto a sus hijos menores y otras 1000 personas, la trayectoria de Garcete puede ser leída como epítome de los procesos de desmembramiento de los modos de vida indígena que el estado impulsó sistemáticamente. 

El olvido de las matanzas es la realización simbólica perfecta que todo genocidio puede ambicionar, y en ese sentido este libro es una herramienta de lucha política y simbólica de vital importancia. Es, como su título lo indica, una herramienta de construcción de memoria. Sus ocho capítulos alimentan este movimiento contra-genocídico (si nos damos la licencia literaria. Por cierto, la relevancia política del tema lo justifica). En cuanto que recuperan voces pilagá, los capítulos de Anne Gustavsson y de Alejandra Vidal son especialmente importantes a ese respecto. El primero de ellos se titula “Siempre son dolores, cuando una culpa ajena ocupa un inocente”. Fortín Yunká entre el archivo y las prácticas de memoria pilagá. No sólo se apoya en nuevas e interesantes fuentes documentales obtenidas de los archivos de la expedición sueca de 1920 y la prensa de ese país, también se nutre de las voces y la memoria social de los pilagá en el tiempo reciente. Se trata de narrativas provenientes de comunidades cercanas a Pozo del Tigre, Las lomitas (peri-urbanas) y el Bañado La Estrella (rurales), registradas a instancias de su trabajo de campo (2013-2017) y los talleres de historia indígena en los que la autora participó. De allí se infiere la existencia de muchas otras matanzas ejecutadas sobre las comunidades indígenas de la región y que aún permanecen invisibilizadas. Gustavsson recupera en su texto la “masacre de los mariscadores” ocurrida antes de 1947 al norte de Las Lomitas en un lugar que, en referencia al incendio generado para borrar todo rastro de la matanza, habría pasado a denominarse Pozo Quemado.

 El capítulo de Alejandra Vidal, por su parte, se titula La narrativa pilagá sobre las relaciones interétnicas y el descargo sobre los episodios de Fotín Yunká. También ella trae a cuento voces pilagá. Una innovación de vital importancia es que el texto aborda los sucesos de Fortín Yunká y el genocidio a partir de fuentes orales y desde la narrativa del conflicto pilagá-maká. El trabajo recupera memorias emergentes de entrevistas, así como también el registro de los recuerdos de Marcelino Moyano y América Amancio, registrados en 1998 por sus nietos (Nelson Moyano y Claudio Fernández) oriundos de Pozo Navagán. Vidal revisa, a su vez, el descargo pilagá publicado en el diario La Mañana en 1999, el cual hace referencia al “papel fundamental que tuvo Garcete en la unificación tribal de familias toba y pilagá del Pilcomayo hacia el oeste” (p. 184). Así el texto aporta elementos relevantes para la interpretación de los acontecimientos que la historia hegemónica y militar se ocupó de tapar y confundir. En ese sentido vale observar que, según testimonios de pobladores no indígenas de Fortín Lugones y en voz del cacique Moreno, de Pozo Navagán, el ataque al fortín habría sido en represalia por los abusos que el personal militar hacía sobre las mujeres maká. 

Con otras herramientas metodológicas (que, por su experiencia, la autora maneja excelentemente), hace lo propio el texto de Mariana Giordano, titulado “Fotografía, masacre y genocidio indígena”. También ella parte de tomar “un concepto amplio de genocidio” para reconocer entonces que “el ocultamiento y la invisibilización de la muerte fue una práctica estatal en los discursos visuales del Estado” (p. 59). Pertinentemente la autora entiende que las fotografías tomadas a los indígenas por parte del ejército son “trofeos visuales del Estado” en la disputa por la imposición de una territorialidad propia y el aplanamiento total de esas otras culturas. Se trata, en general, de fotografías producidas en un contexto marcadamente violento en las que los indígenas posan pasivamente ante la cámara, vistiendo, en algunos casos, uniformes militares. Ellas muestran, en definitiva, el tipo de indígena que el Estado estaba dispuesto a reconocer y hablan, entonces, de formas de “disciplinamiento y violencia” (p. 62).

La reseña que aquí presentamos no guarda el orden de aparición de los textos en el libro. Siguen, como puede notarse, una propuesta heurística propia, atada más bien al tipo de fuentes y los usos que de ellas se hace en cada investigación. En tal sentido, vale subrayar que los textos de Javier Nuñez, Francisco Mora, y María Soledad Bonavida Foschiatti y Ernesto Fabián Flores resultan fundamentales para revisar los mecanismos de construcción de memoria hegemónica en manuales escolares (el primero), en informes militares (el segundo), y en textos periodísticos (el tercero).

El capítulo a cargo de Javier Nuñez es fundamental para observar cómo, en el tiempo reciente, el sistema educativo continúa tergiversando y negando la historia indígena sobre estas matanzas. El texto se titula “El “último malón” en las aulas: Concepciones sociohistóricas sobre Fortín Yunká en los textos escolares de Formosa” y trabaja sobre los manuales escolares, libros de efemérides provinciales y productos para-escolares editados entre 1991 y 2015. El análisis evidencia que, incluso en la década de 1990, se continuó difundiendo una visión negativa de los pueblos originarios, oscilando entre la invisibilización y la caracterización como “feroces indómitos”. Y si bien en los últimos años vieron la luz lecturas más complejas, que atemperaron la lógica castrense y el discurso de la “guerra contra el indio”, el abordaje sobre los pueblos originarios permanece siendo des-historizado, así como marginada su realidad social, política y cultural.

El capítulo de Mora (“Fronteras, límites y alteridad: el pueblo pilagá frente al avance militar (1910-1920”) toma el legajo personal de Enrique Boy como fuente para pensar las relaciones entre el estado argentino y el pueblo pilagá más allá de Fortín Yunká. El autor observa que la masacre se inscribe en un giro por el que las relaciones pasan de un ciclo diplomático (1911-1918) a un ciclo de conflictos (1918-1919). Pues, las fuentes muestran que meses antes de Yunká (en diciembre de 1918) el Regimiento de Línea, con Boy a cargo, habían reprimido a un grupo wichí en la zona de Laguna Yema acusados de incendiar casas de criollos y robar una vaca (si, leyó usted bien: una vaca. Cuando se trata de reprimir para disciplinar, cualquier acto puede funcionar como justificativo).

En “Territorios en tensión, imaginarios sociales y construcción de la realidad”, Bonavida Foschiatti y Flores avanzan en un estudio de algunos artículos publicados en los diarios La Voz del Chaco, El Diario, La Prensa y El Liberal durante los meses críticos de marzo a junio de 1919. Entendiendo a los periódicos como “vehículos efectivos de transmisión, articulación y materialización de imaginarios sociales” (p. 106), les autores consiguen mostrar las heterogeneidades de los discursos sobre la masacre y las posiciones divergentes en cuanto al “problema indígena”, sobre todo a partir del clivaje entre prensa metropolitana, con anclaje en Buenos Aires, y la prensa local. Esta última resultó un vehículo de reproducción de imaginarios más sensible a la necesidad de mantener la fuerza de trabajo indígena como un recurso en disponibilidad para las industrias regionales. Aún así, montados sobre el binomio civilización/barbarie, unos y otros pivotearon entre los imaginarios hegemónicos del indígena como ser indómito y peligroso que es necesario reprimir y, eventualmente, exterminar; y el indígena como víctima, abandonado e incapaz que, por ello mismo, precisaría ser auxiliado por el estado y la sociedad blanca, responsables de su proceso de civilización.

Por último, el capítulo a cargo de Rodrigo Nicolás Villalba Rojas toma como objeto de análisis los modos de representación del evento Yunká y sus actores en textos de amplia tirada. En este caso, se concentra en la literatura de ficción. El texto enseña cómo los cuentos y novelas de Hugo del Rosso reproducen silenciamientos y/o minimizan la importancia de la matanza, al tiempo que, escritos de Ariel Vergara Bai, Hugo Terán y Orlando Van Bredam, como expresiones de la nueva novela histórica, articulan voces más próximas a la mirada subalterna indígena sobre los acontecimientos. Las novelas El relato silenciado (Fortín Yunká), de Hugo Terán, y Rincón Bomba. Lectura de una matanza, de Orlando Van Bredam (ambas publicadas en 2009) se hacen eco de las demandas por la memoria que la Federación Pilagá ha conseguido instalar en opinión pública formoseña y nacional en el último tiempo, aunque incluso dichas novelas, observa Villalba Rojas, trabajan sobre una agencialidad limitada del sujeto indígena.

En definitiva, publicado un siglo después de aquellos tristes sucesos, el libro Fortín Yunká (1919). Historia y memoria del pueblo pilagá representa un importante ejercicio crítico para revisar y discutir las simplificaciones, mentiras y ocultamientos tejidos no sólo en torno del caso Yunká, sino del proceso genocida aplicado sobre los pueblos indígenas desde la constitución misma del estado nacional.

 Miguel Leone Jouanny

 Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Argentina)

mleonejouanny@gmail.com

Anuario Nº 38, Escuela de Historia

Facultad de Humanidades y Artes (Universidad Nacional de Rosario), 2023

ISSN 1853-8835


[1] En lengua pilagá, “lugar de bebida”; luego traducido como Yunká.

[2] Reconvertido en 1938 en la Gendarmería Nacional.